El ser humano necesita compartir experiencias con los demás para sobrevivir

Es una de las claves de la evolución

La Navidad se convierte en la perfecta ocasión del año para recuperar rituales de celebración que son ancestrales. Una de ellos es el hecho de regalar.

Regalar. Ilustración de Wiebke Petersen

Ilustración de Wiebke Petersen

Hace casi dos millones de años nuestros antepasados de la especie Homo erectus, o de alguna otra anterior, comenzaron a emplear el fuego para cocinar. Pero fue su antecesor africano, el Homo ergaster, el que, probablemente coincidiendo con el desarrollo rudimentario del habla, comenzó a establecer relaciones sociales complejas.

Compartir y regalar refuerza los lazos

El cerebro descubrió entonces que compartir con el resto de la tribu la comida, especialmente la más valiosa, la carne, reforzaba los lazos de afecto y cooperación. Y que cooperar, a su vez, facilita la supervivencia.

Regalar. Ilustración de Flavia Sorrentino

Ilustración de Flavia Sorrentino

Reunirnos en torno a los alimentos e intercambiar regalos es evolutivamente una apuesta biológica, que forma parte de nuestro instinto de supervivencia. En nuestro orden de prioridades tratamos de satisfacer a los más cercanos.

A aquellos que pueden ayudarnos ahora o en el futuro

Los mejores regalos se eligen para los hijos

Que son los que nuestro cerebro entiende que tendrán que ayudarnos cuando seamos mayores, y ya no podamos valernos por nosotros mismos.

Regalar. Ilustración de Pascal Campion

Ilustración de Pascal Campion

También escogemos regalos valiosos para la pareja romántica

Sobre todo la que aún estamos cortejando y con la que deseamos unirnos para perpetuar la especie.

Inconscientemente buscamos protección

Estudios hechos en las redes sociales prueban que, además de a la familia y a los amigos, enviamos felicitaciones a aquellos que pensamos que tienen una posición económica mayor que la nuestra. A los que consciente o inconscientemente creemos que pueden protegernos.

Regalar. Ilustración de Annette Marnat

Ilustración de Annette Marnat

Sin embargo, el puro y viejo instinto que nos lleva cada año a compartir con la familia la cena de Navidad, para reforzar el vínculo con nuestra primera tribu, choca muchas veces con nuestro cerebro del siglo XXI, que en muchos casos entiende que puede valerse sin la necesidad biológica de los apoyos familiares. En estos casos, las reuniones con los padres, hermanos, cuñados y tíos se convierten en una verdadera fuente de estrés y de conflictos.

Cuando sufras estos síntomas culpa a tu cerebro

En algún lugar profundo y antiguo de su anatomía, el sigue estando convencido de que hay que celebrar la Navidad

Regalar. Ilustración de Shino Arihara

Ilustración de Shino Arihara

Fuente: Secretos del cerebro de Radio 5 (28/12/16) / Imagen de portada: pixabay

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