En el día a día, los niños se encuentran con muchas situaciones en las que necesitan relacionarse con los demás: acercarse a jugar, pedir ayuda, expresar que algo les molesta o resolver un desacuerdo. Para desenvolverse en ellas necesitan aprender a comunicarse, escuchar y tener en cuenta tanto lo que quieren ellos como lo que necesitan otras personas.
Estas habilidades se van desarrollando desde los primeros años y siguen evolucionando a medida que los niños acumulan experiencias y amplían sus relaciones. La familia y el entorno educativo tienen un papel importante en ese aprendizaje, no tanto enseñando respuestas de memoria como ofreciéndoles oportunidades para practicar y encontrar sus propias formas de relacionarse.
En esta guía veremos qué son las habilidades sociales, cuáles son las principales y cómo se manifiestan en la infancia. También encontrarás ejemplos, orientaciones para acompañar su desarrollo y actividades para trabajarlas en casa o en el aula.
¿Qué son las habilidades sociales?
Las habilidades sociales son un conjunto de comportamientos que nos permiten relacionarnos con otras personas y desenvolvernos en diferentes situaciones. Tienen que ver con lo que decimos, cómo lo expresamos, nuestra capacidad para escuchar y la manera en que respondemos a lo que sucede a nuestro alrededor.
Iniciar una conversación, pedir ayuda, expresar una opinión, comprender que otra persona puede pensar de manera diferente o buscar una solución cuando surge un desacuerdo son algunos ejemplos.
No se trata únicamente de saber comportarse o seguir unas normas de educación. Relacionarse también implica poder expresar las propias necesidades, defender los límites personales, mostrar desacuerdo y encontrar maneras de convivir con quienes no piensan o actúan como nosotros.
Las habilidades sociales no aparecen todas de una vez ni se desarrollan de la misma manera en todos los niños. Se van aprendiendo a través de las experiencias, la observación y las relaciones cotidianas. El temperamento, el entorno y las oportunidades de interacción influyen en cómo se manifiestan, pero no determinan una única forma de relacionarse.
Habilidades sociales y competencia social: ¿son lo mismo?
Aunque son conceptos muy relacionados, no significan exactamente lo mismo.
Una habilidad social es una conducta concreta que puede utilizarse en una interacción: escuchar, pedir un favor, expresar una molestia, proponer una actividad o negociar un acuerdo.
La competencia social es un concepto más amplio. Se refiere a la capacidad de utilizar diferentes habilidades de manera adecuada según la situación, las personas que participan y lo que está sucediendo.
Por ejemplo, un niño puede saber expresar que no está de acuerdo con algo. Sin embargo, cuando surge un conflicto, quizá le cueste escuchar la opinión del otro, explicar la suya sin atacar y buscar una solución. Expresar el desacuerdo es una habilidad concreta; gestionar esa situación requiere combinar varias habilidades y adaptarlas a lo que está ocurriendo.
Por eso, conocer determinadas habilidades no significa que siempre resulte fácil ponerlas en práctica. Relacionarse con los demás requiere comprender cada situación, encontrar una respuesta adecuada y, muchas veces, aprender de lo que no ha salido como esperábamos.
¿Por qué son importantes durante la infancia?
Las habilidades sociales facilitan que los niños establezcan relaciones, se acerquen a otros, compartan experiencias y construyan vínculos. También les ayudan a expresar sus deseos, opiniones y preocupaciones, y a pedir ayuda cuando no saben cómo afrontar una situación.
En la convivencia diaria adquieren otro papel importante. Aprender que no todos pensamos igual, que otras personas pueden tener necesidades distintas y que los desacuerdos forman parte de las relaciones les permite participar en los grupos de una manera más respetuosa. No siempre se llega a un acuerdo, pero sí se pueden encontrar formas de expresar las diferencias sin recurrir a la agresión.
Todo ello influye en su bienestar y en el sentimiento de pertenencia. Sentirse escuchado, poder participar en un grupo y encontrar personas con las que compartir experiencias son aspectos importantes de la vida durante la infancia.
Ahora bien, desarrollar habilidades sociales no significa tener que agradar a todo el mundo, estar siempre acompañado o ceder para evitar los conflictos. También implica saber decir que no, defender las propias opiniones y reconocer cuándo una relación o una situación no nos hace sentir bien.
¿Qué tipos de habilidades sociales hay?
Los tipos de habilidades sociales pueden agruparse de distintas maneras. Algunas conductas tienen que ver con la comunicación; otras, con la comprensión de los demás, la cooperación o la resolución de desacuerdos.
No hay una única clasificación. Para esta guía, las organizamos en cinco grandes grupos que ayudan a entender cómo se manifiestan durante la infancia.
Comunicación e interacción con otras personas
La comunicación está presente en prácticamente todas las relaciones. No consiste únicamente en hablar, sino también en saber escuchar, interpretar lo que nos dicen y encontrar la manera de expresar nuestros pensamientos y necesidades.
Iniciar una conversación, hacer preguntas, respetar los turnos de palabra o mostrar interés por lo que cuenta otra persona son algunas de las conductas que forman parte de este grupo. También lo son pedir información cuando algo no se entiende y saber explicar lo que uno piensa de manera que los demás puedan comprenderlo.
Estas habilidades permiten a los niños participar en las conversaciones, compartir experiencias y hacerse entender en diferentes situaciones. La comunicación no verbal también interviene: los gestos, las expresiones y el tono de voz aportan información, aunque no todos los niños se comuniquen de la misma manera.

Empatía y comprensión de los demás
Relacionarse también implica reconocer que las otras personas tienen emociones, opiniones y necesidades propias, que no siempre coinciden con las nuestras.
La empatía ayuda a acercarse a lo que otra persona puede estar sintiendo. Por ejemplo, un niño puede darse cuenta de que un compañero está triste porque no ha conseguido participar en un juego e interesarse por cómo se encuentra. Comprender otros puntos de vista permite, además, entender que dos personas pueden vivir una misma situación de maneras diferentes.
Desarrollar estas capacidades no significa tener que estar siempre de acuerdo ni sentir lo mismo que los demás. Consiste en aprender a tener en cuenta su experiencia y tratarla con respeto, aunque sea distinta de la propia.
Asertividad y expresión de las propias necesidades
Las relaciones sociales no consisten únicamente en comprender y atender a los demás. Los niños también necesitan aprender a expresar lo que piensan, defender sus derechos y comunicar aquello que les incomoda.
La asertividad permite hacerlo de una manera respetuosa, sin someterse continuamente a los deseos ajenos ni imponer los propios. Decir que no cuando algo no se desea, explicar que una situación ha molestado o defender una opinión diferente son formas de ponerla en práctica.

También supone aprender a pedir lo que se necesita y establecer límites personales. Un niño puede querer seguir jugando mientras los demás prefieren cambiar de actividad; expresar su preferencia sin imponerla y escuchar las propuestas de sus compañeros forma parte de este aprendizaje.
Aprender a ser asertivo no significa hablar siempre con seguridad ni encontrar las palabras adecuadas en cualquier circunstancia. Es un aprendizaje que requiere práctica y que también depende de cómo se siente el niño y de la situación en la que se encuentra.
Cooperación y habilidades para relacionarse
Muchas experiencias infantiles se desarrollan en compañía de otras personas: jugar, hacer trabajos en grupo, participar en actividades deportivas o compartir tareas. Para desenvolverse en estas situaciones es necesario aprender a colaborar, tener en cuenta a los demás y participar en objetivos compartidos.
Cooperar supone aportar ideas, asumir pequeñas responsabilidades y reconocer que las propuestas de los demás también pueden enriquecer una actividad. A veces implica compartir materiales o ayudar a un compañero; otras, aceptar un acuerdo común aunque no coincida exactamente con lo que uno había propuesto.
No significa tener que ceder siempre. También supone expresar las propias ideas, proponer alternativas y encontrar una manera de participar que tenga en cuenta al grupo.

Resolución de conflictos y negociación
Los desacuerdos forman parte de cualquier relación. Aparecen cuando dos personas quieren cosas diferentes, interpretan una situación de distinta manera o no consiguen ponerse de acuerdo.
Aprender a afrontar esos momentos es otra de las habilidades sociales importantes durante la infancia. Para resolver un conflicto puede ser necesario explicar qué ha ocurrido, escuchar la versión de la otra persona, reconocer la parte de responsabilidad propia y pensar en posibles soluciones.
Imaginemos que dos niños quieren utilizar el mismo juguete. En lugar de limitarse a decidir quién lo utiliza primero, pueden aprender a hablar sobre lo que quieren, escuchar al otro y buscar una alternativa: jugar por turnos, utilizarlo juntos o encontrar otra opción que les satisfaga.
No todos los conflictos tienen una solución que agrade por completo a las personas implicadas. Aprender a gestionarlos también significa aceptar ciertas diferencias y saber cuándo es necesario pedir ayuda a un adulto.
¿Qué diferencia hay entre habilidades sociales básicas y avanzadas?
En algunos modelos de entrenamiento se distingue entre habilidades sociales básicas y avanzadas. Una clasificación conocida es la de Arnold P. Goldstein, que organiza 50 habilidades en seis grupos: primeras habilidades sociales, habilidades sociales avanzadas, habilidades relacionadas con los sentimientos, habilidades alternativas a la agresión, habilidades para hacer frente al estrés y habilidades de planificación.
Dentro de esta clasificación, entre las primeras habilidades, también llamadas básicas, se encuentran escuchar, iniciar una conversación, dar las gracias, presentarse o formular preguntas. Entre las avanzadas aparecen conductas como pedir ayuda, participar en actividades, dar y seguir instrucciones, disculparse o convencer a otras personas.
Esta distinción sirve para organizar y estudiar las diferentes habilidades, pero no debe interpretarse como un orden rígido que todos los niños tengan que seguir. En la vida cotidiana, unas y otras se combinan y se desarrollan progresivamente a través de las experiencias.
Ejemplos de habilidades sociales en situaciones cotidianas
Las habilidades sociales se ponen en práctica en situaciones muy diversas: cuando un niño quiere participar en un juego, cuando tiene que trabajar con otros compañeros o cuando algo que ha sucedido le ha molestado. Muchas veces intervienen varias habilidades a la vez, aunque no siempre seamos conscientes de ello.
Estos ejemplos permiten reconocer cómo se manifiestan en la vida cotidiana:
| Situación | Habilidades sociales que intervienen |
|---|---|
| Un niño quiere incorporarse a un juego en el que ya están participando otros. | Acercarse al grupo, iniciar una interacción, preguntar si puede participar y respetar la respuesta de los demás. |
| Un niño no ha entendido una explicación del profesor. | Reconocer que necesita ayuda, preguntar y expresar con claridad qué no ha comprendido. |
| Durante un trabajo en grupo, los compañeros tienen propuestas diferentes. | Escuchar otras opiniones, expresar las propias, colaborar y buscar una solución entre todos. |
| Un amigo cuenta que está preocupado por algo. | Prestar atención, mostrar interés y tratar de comprender cómo se siente. |
| Alguien hace un comentario que le resulta desagradable. | Expresar el malestar, comunicar los propios límites y pedir que no se repita. |
| Un niño se da cuenta de que ha dejado fuera de un juego a un compañero. | Tomar conciencia de cómo puede haberse sentido, reconocer lo ocurrido y buscar la manera de reparar la situación. |
| Un compañero le pide que le preste un juguete y el niño prefiere no hacerlo. | Expresar una negativa de manera respetuosa y mantener su decisión sin necesidad de agredir ni justificarse continuamente. |
Estos ejemplos muestran que las habilidades sociales no consisten en seguir unas respuestas establecidas. Ante una misma situación pueden existir distintas maneras adecuadas de actuar. Un niño puede necesitar tiempo para decidir qué decir, otro puede preferir pedir ayuda a un adulto y otro quizá encuentre una solución por sí mismo.
¿Cómo podemos ayudar a los niños a desarrollar estas habilidades?
Los adultos podemos acompañar el desarrollo de estas habilidades sin necesidad de intervenir constantemente ni de corregir cada comportamiento. A veces basta con ofrecer un ejemplo, ayudarles a encontrar las palabras que necesitan o darles la oportunidad de intentar resolver una situación por sí mismos.
El ejemplo de los adultos
Los niños observan mucho más de lo que a veces imaginamos. Se fijan en cómo hablamos con otras personas, cómo reaccionamos cuando algo nos molesta, qué hacemos cuando no estamos de acuerdo y cómo tratamos a quienes piensan de manera diferente.
Por eso, nuestra propia forma de relacionarnos constituye una referencia importante. Cuando expresamos un desacuerdo sin descalificar, escuchamos antes de responder o reconocemos que nos hemos equivocado, les mostramos maneras concretas de afrontar esas situaciones.
También es importante que vean que los adultos podemos perder la paciencia, cometer errores y rectificar. Pedir disculpas después de haber hablado mal o reconocer que no hemos escuchado suficientemente a alguien transmite que las relaciones no consisten en hacerlo todo bien, sino también en saber reparar lo que no ha salido como esperábamos.
Ayudarles a expresar lo que piensan y sienten
No siempre resulta fácil para un niño explicar qué le pasa. Puede estar enfadado porque un compañero no ha querido jugar con él, sentirse incómodo ante un comentario o no saber cómo decir que necesita ayuda.
En lugar de anticiparnos y hablar por él, podemos darle tiempo y ayudarle a encontrar las palabras. Preguntas como «¿Qué es lo que te ha molestado?» o «¿Cómo podrías explicárselo?» permiten que vaya identificando lo que siente y pensando cómo comunicarlo.
También podemos ofrecerle diferentes formas de expresar una necesidad cuando no sabe cómo hacerlo. Por ejemplo, enseñarle que puede decir «Ahora no quiero jugar a eso» o «Me gustaría participar» le proporciona recursos que podrá utilizar en otras ocasiones.
No se trata de exigir que siempre encuentre la frase adecuada, especialmente cuando está enfadado o preocupado. Necesitará tiempo, práctica y, en algunos momentos, la ayuda de un adulto.
Darles oportunidades para relacionarse
Las habilidades sociales necesitan situaciones en las que ponerse en práctica. Jugar con otros niños, participar en actividades compartidas, colaborar en pequeñas tareas o conversar con personas de diferentes edades ofrece experiencias distintas y permite ampliar sus recursos.

No todos los niños disfrutan de las mismas situaciones. Algunos se sienten cómodos en grupos numerosos y otros prefieren relacionarse con uno o dos compañeros. También hay niños que necesitan observar antes de incorporarse a una actividad.
Conviene tener en cuenta estas diferencias y ofrecer oportunidades sin forzar la participación. Una invitación a jugar, una actividad compartida o un encuentro alrededor de un interés común pueden facilitar el acercamiento sin convertir las relaciones sociales en una obligación.
Acompañar los conflictos sin resolverlos siempre por ellos
Cuando dos niños discuten, es habitual que los adultos tengamos la tentación de intervenir enseguida para decidir quién tiene razón o establecer cómo deben solucionarlo. Sin embargo, siempre que la situación sea segura y puedan gestionarla con ayuda, conviene darles espacio para participar en la búsqueda de una solución.
Podemos empezar escuchando qué ha ocurrido desde el punto de vista de cada uno, sin sacar conclusiones precipitadas. Después, ayudarles a explicar qué les ha molestado y qué necesitan. Preguntarles si se les ocurre alguna manera de resolverlo puede abrir posibilidades que no habían considerado.
Esto no significa dejarlos solos ante cualquier conflicto. Si hay agresiones, intimidación, una desigualdad importante entre los niños o alguno no puede manejar la situación, el adulto debe intervenir y proteger. Tampoco es necesario que siempre lleguen a un acuerdo inmediato.
Lo importante es que, cuando sea posible, participen en la resolución y no se limiten a aceptar una decisión tomada por otra persona.
Reconocer los avances y respetar sus ritmos
Aprender a relacionarse también implica pasar por situaciones incómodas, equivocarse y probar otras maneras de actuar. Un niño que consigue pedir ayuda después de haber intentado resolver algo por sí mismo, que expresa una negativa que antes no se atrevía a comunicar o que escucha una opinión diferente está dando pasos importantes.
Podemos ayudarle señalando esos avances de forma concreta, sin compararlo con otros niños ni exigirle que se comporte siempre de la misma manera. Decirle «Has conseguido explicar lo que te molestaba sin discutir» es más útil que limitarse a calificarlo como bueno o malo.
Cada niño tiene su propio temperamento, sus preferencias y su manera de acercarse a los demás. Respetar esos rasgos no significa dejar de acompañarlo, sino ajustar nuestras expectativas y ofrecerle recursos sin intentar que se convierta en alguien diferente.
Cómo evolucionan durante la infancia
Las relaciones de los niños cambian a medida que crecen. Durante los primeros años, gran parte de sus experiencias sociales se producen con las personas de referencia y a través de los gestos, las miradas, los juegos y los primeros intercambios. Más adelante, el círculo de relaciones se amplía y aparecen nuevas situaciones: compartir actividades, formar parte de un grupo, hacer amigos, expresar opiniones diferentes y afrontar conflictos de mayor complejidad.
Cada etapa ofrece oportunidades distintas para aprender a relacionarse.
Los tramos de edad que siguen sirven como orientación para comprender esa evolución, no como una pauta que todos los niños tengan que cumplir al mismo ritmo.
De 0 a 3 años: los primeros intercambios sociales
Las primeras experiencias sociales comienzan mucho antes de que los niños puedan hablar. Desde bebés se comunican mediante el llanto, los sonidos, los gestos y las expresiones, y poco a poco participan en intercambios cada vez más variados con las personas de su entorno.
Las respuestas de los adultos, los juegos de imitación, las canciones, las sonrisas compartidas y las pequeñas rutinas cotidianas forman parte de ese aprendizaje. Con el tiempo, los niños empiezan a mostrar interés por otros pequeños, observan lo que hacen y pueden compartir momentos de juego, aunque todavía necesiten bastante ayuda para gestionar algunas situaciones.
Compartir un juguete, esperar un turno o aceptar que otro niño utilice algo que desean puede resultarles difícil. Esto no significa que no sean sociables ni que estén haciendo algo mal: están aprendiendo a tener en cuenta a otras personas mientras descubren sus propios deseos y necesidades.
De 3 a 6 años: el juego compartido y las primeras experiencias de cooperación
Durante la etapa preescolar, el juego adquiere un papel especialmente importante en las relaciones. Los niños empiezan a inventar historias juntos, representar personajes, establecer pequeñas reglas y organizar actividades compartidas. Para que esos juegos funcionen necesitan escuchar propuestas, expresar las suyas y encontrar maneras de ponerse de acuerdo.
También van ampliando su comprensión de las emociones y de las reacciones de los demás. Pueden empezar a darse cuenta de que un compañero está triste, enfadado o contento, aunque interpretar lo que siente y saber cómo responder no siempre les resulte sencillo.
Los desacuerdos por los juguetes, los turnos o las reglas del juego son frecuentes. En lugar de esperar que sepan resolverlos por sí solos, los adultos podemos ayudarles a comprender lo ocurrido y a descubrir otras maneras de continuar jugando.
De 6 a 9 años: la convivencia y las relaciones con otros niños
Con la entrada en Primaria, el entorno social se amplía y las relaciones con los compañeros adquieren nuevas dimensiones. La escuela, las actividades extraescolares y los juegos en grupo ofrecen oportunidades para aprender a colaborar, asumir responsabilidades y compartir objetivos.
Las amistades también pueden ganar importancia. Los niños empiezan a prestar más atención a las preferencias de sus compañeros, a los intereses comunes y a la reciprocidad en las relaciones. Pueden descubrir que una amistad requiere escuchar, respetar acuerdos y tener en cuenta los deseos de ambas partes.
En estos años también aparecen situaciones que requieren mayor capacidad para negociar y resolver diferencias: decidir las reglas de un juego, organizar un trabajo en grupo o afrontar un desacuerdo con un amigo. No siempre encontrarán una solución por sí solos, pero cada experiencia puede ayudarles a ampliar sus recursos.
De 9 a 12 años: relaciones más complejas y mayor autonomía
A medida que se acercan a la adolescencia, las relaciones entre iguales pueden adquirir mayor importancia y hacerse más complejas. Los niños empiezan a prestar más atención a la aceptación dentro del grupo, a las opiniones de sus amigos y a la manera en que los demás los perciben.
En este periodo cobran especial relevancia la capacidad para expresar opiniones propias, afrontar desacuerdos, defender los límites personales y tomar decisiones sin dejarse llevar siempre por lo que hace el grupo. También pueden surgir situaciones relacionadas con la presión de los iguales, los sentimientos de exclusión o los conflictos entre amigos.
Las relaciones empiezan a exigir una mayor comprensión de las intenciones y los puntos de vista ajenos. Aprender a mantener una opinión diferente, reconocer cuándo una relación no resulta respetuosa y buscar ayuda cuando una situación les supera son recursos importantes en esta etapa.
Actividades y juegos para trabajar las habilidades sociales
Las habilidades sociales se aprenden también practicándolas. Una conversación, un juego compartido o una pequeña representación pueden convertirse en oportunidades para ensayar distintas maneras de comunicarse y relacionarse.
No hace falta organizar sesiones especiales ni convertir cada interacción en una lección. Lo interesante es aprovechar esos momentos para experimentar, observar qué sucede y descubrir otras formas de actuar. Estas propuestas permiten hacerlo de una manera sencilla y adaptada a diferentes edades.
Una conversación por turnos
Escuchar sin interrumpir y esperar el momento adecuado para intervenir no siempre resulta fácil, especialmente cuando tenemos muchas ganas de contar algo. Este juego ayuda a practicar los turnos de palabra de una manera visual.
Necesitaremos una pelota pequeña, un peluche u otro objeto que pueda pasar fácilmente de una persona a otra. Quien tenga el objeto será el encargado de hablar; los demás escucharán hasta que llegue su turno.
Podéis elegir un tema que interese a todos, como una excursión, una película o algo divertido que haya sucedido durante el día. Cuando alguien termine de hablar, pasará el objeto a otro participante, que podrá añadir algo o contar su propia experiencia.
No es necesario imponer tiempos ni establecer puntuaciones. La idea es que los niños descubran que una conversación no consiste únicamente en esperar para contar lo propio: también requiere prestar atención a lo que dicen los demás.
¡Vamos a presentarnos!
A algunos niños les cuesta acercarse a personas que no conocen o encontrar algo que decir cuando se incorporan a un grupo. Representar estas situaciones mediante pequeños teatros puede ayudarles a familiarizarse con ellas.
Podéis imaginar que estáis en una fiesta de cumpleaños en la que hay niños a los que no conocéis. Cada participante interpretará un personaje y tendrá que buscar la manera de acercarse, presentarse y comenzar una conversación.

Para ayudar al niño, podéis plantear preguntas: ¿qué podrías decir para presentarte?, ¿qué podrías preguntar a otro niño?, ¿qué cosas te gustaría contar de ti?
Si al principio le cuesta improvisar, dejadle pensar un poco antes de comenzar. También podéis cambiar de escenario: imaginar que llega un compañero nuevo a clase, que conoce a alguien en una actividad deportiva o que se encuentra con un niño en el parque.
Lo importante no es que aprenda una frase de memoria, sino que descubra diferentes maneras de iniciar una relación y se sienta más cómodo ante situaciones nuevas.
¿Es un buen momento para empezar una conversación?
Saber cuándo acercarse a otra persona también forma parte de la comunicación. No es lo mismo intentar hablar con alguien que está tranquilo y disponible que interrumpir a una persona que está concentrada en una tarea o tiene prisa.
Preparad varios papelitos con situaciones cotidianas y metedlos en una bolsa. Cada participante sacará uno y tendrá que pensar qué haría.
Podéis utilizar situaciones como estas:
- Llegas a clase y ves que un compañero está concentrado leyendo.
- En el parque encuentras a un amigo que está solo y parece preocupado.
- Te cruzas con un compañero que va deprisa porque llega tarde a su entrenamiento.
- Un niño está jugando tranquilamente y quieres proponerle que juguéis juntos.
Después de leer cada situación, conversad sobre lo que podría estar ocurriendo. ¿Parece un buen momento para acercarse? ¿Cómo podrías iniciar la conversación? ¿Qué harías si la otra persona no quiere hablar?
No hay que buscar siempre una respuesta cerrada. Una misma situación puede admitir diferentes formas de actuar, y precisamente eso es lo interesante del juego: aprender a observar el contexto antes de decidir cómo acercarnos a alguien.
¿Qué podría estar sintiendo?
Comprender cómo se sienten otras personas requiere prestar atención a lo que sucede y tener en cuenta que no todos reaccionamos igual ante una misma experiencia.
Para realizar esta actividad podéis inventar pequeñas historias o recurrir a situaciones que aparezcan en cuentos infantiles. Por ejemplo: un niño ha preparado una exposición para clase, pero cuando llega su turno se pone nervioso, se queda en blanco y vuelve a su sitio sin terminarla. ¿Cómo podría sentirse? ¿Qué podría estar pensando? ¿Qué necesitaría en ese momento?
Invitad al niño a imaginar diferentes posibilidades. Quizá se sienta nervioso, avergonzado o frustrado. También podéis preguntarle qué podría necesitar en ese momento y cómo podrían ayudarle el profesor o sus compañeros.
Conviene recordar que no podemos saber exactamente cómo se siente otra persona si no nos lo cuenta. La finalidad no es adivinar emociones, sino aprender a interesarnos por lo que les sucede a los demás y evitar dar por hecho que todos viven las situaciones de la misma manera.
Un reto entre todos
Los juegos cooperativos permiten practicar la colaboración sin que el objetivo sea ganar a los demás. En este caso, todos los participantes tendrán que conseguir algo juntos.
Proponed construir una torre lo más alta posible utilizando piezas de construcción, vasos de cartón o cualquier material que tengáis a mano. La condición es que el resultado dependa de las aportaciones de todos.
Antes de empezar, podéis conversar sobre cómo organizaros: quién coloca las piezas, qué materiales utilizaréis primero o qué hacer si la torre se cae. Durante el juego aparecerán seguramente propuestas diferentes y habrá que encontrar la manera de combinarlas.
Cuando terminéis, podéis comentar qué ha funcionado mejor y cómo habéis resuelto los desacuerdos. No importa tanto la altura de la torre como el proceso de colaboración.
La actividad se puede adaptar a distintas edades cambiando la dificultad del reto y el número de participantes.
Buscamos una solución
Los conflictos ofrecen oportunidades para aprender a escuchar, expresar lo que nos molesta y buscar alternativas. Podemos practicar estas situaciones mediante pequeñas representaciones antes de que aparezcan en la vida cotidiana.
Proponed una escena: durante un trabajo en grupo, dos niños quieren encargarse de la misma tarea y no saben cómo repartir las demás.
Cada participante interpretará una posición diferente y tendrá que explicar qué quiere y por qué. Después, entre todos, buscaréis distintas soluciones.
Podéis repetir la escena cambiando las respuestas para comprobar cómo cambia la situación cuando alguien escucha, propone una alternativa o expresa su desacuerdo sin atacar.
No se trata de encontrar una solución perfecta para todos, sino de descubrir que ante un conflicto puede haber más de una posibilidad y que la manera de comunicarnos influye en cómo se desarrolla.
Ratones, dragones y seres humanos auténticos: aprender a comunicarse con asertividad
Esta actividad toma como referencia el libro Ratones, dragones y seres humanos auténticos: manual de entrenamiento asertivo, de Eladio Manuel García Pérez y Ángela Magaz Lago, publicado por el Grupo ALBOR-COHS. Es un material de entrenamiento que explica las diferencias entre tres formas de comunicarse: la pasiva, la agresiva y la asertiva.
Se plantea para trabajar estas habilidades en sesiones de tutoría con alumnado a partir de los 10 años, y también en programas de entrenamiento asertivo con jóvenes y adultos. Para utilizar la propuesta con niños más pequeños, conviene adaptar las explicaciones y elegir situaciones cercanas a sus experiencias cotidianas.
La propuesta utiliza tres figuras para representar distintas maneras de reaccionar ante una situación:
- El ratón: representa el estilo de comunicación pasivo. Cuando algo le molesta o no está de acuerdo, puede quedarse callado, no expresar lo que necesita o tener dificultades para defender sus derechos.
- El dragón: representa el estilo de comunicación agresivo. Expresa lo que quiere sin tener en cuenta a los demás, pudiendo recurrir a los gritos, las amenazas o las descalificaciones.
- El ser humano auténtico: representa el estilo de comunicación asertivo. Expresa lo que piensa, siente o necesita con claridad, defiende sus derechos y respeta al mismo tiempo los de los demás.
¿Cómo realizar la actividad?
Podemos utilizar las tres tarjetas ilustradas que acompañan a esta actividad. Primero presentamos los personajes y explicamos qué representa cada uno. Después planteamos una situación cotidiana para pensar cómo reaccionaría cada cual.
Imaginemos, por ejemplo, que un compañero ha cogido un lápiz sin pedir permiso. ¿Qué haría cada personaje?
El ratón quizá se quedaría callado, aunque le hubiera molestado. El dragón podría enfadarse y exigir que se lo devolviera gritando. El ser humano auténtico expresaría su malestar sin atacar al otro: «Estaba utilizando ese lápiz. Devuélvemelo, por favor, y la próxima vez pregúntame antes de cogerlo».
Podemos proponer otras situaciones: un amigo insiste en jugar a algo que no nos apetece, alguien interrumpe continuamente cuando estamos hablando o un compañero hace un comentario que nos molesta.
Después de cada escena, conviene conversar sobre las diferentes respuestas y sus posibles consecuencias. ¿Cómo se sentiría cada persona? ¿Se podría expresar lo mismo de otra manera? ¿Qué respuesta permitiría defender lo que queremos sin hacer daño a los demás?
Lo importante es analizar las formas de comunicarse, no etiquetar a las personas. Un niño no es un ratón ni un dragón por haber reaccionado de una determinada manera. Todos podemos comportarnos de forma diferente según las circunstancias y cómo nos sentimos.
Descarga las tarjetas de los ratones, dragones y seres humanos auténticos en PDF y utilízalas para trabajar con los niños las distintas formas de comunicarse.
Preguntas frecuentes
¿Un niño tímido tiene menos habilidades sociales?
No necesariamente. La timidez y las habilidades sociales son cosas diferentes. Un niño puede ser reservado, necesitar tiempo para relacionarse o preferir grupos pequeños y tener buenos recursos para comunicarse y mantener relaciones. Lo importante es que se sienta cómodo y pueda desenvolverse en su entorno.
¿Qué puedo hacer si a mi hijo le cuesta hacer amigos?
Conviene averiguar qué le está resultando difícil, sin presionarle. Podemos facilitar encuentros con otros niños a partir de intereses compartidos, como un juego o una actividad que le guste. Si la dificultad le provoca malestar o persiste, es conveniente hablar con el centro educativo y valorar qué apoyo necesita.
¿Las habilidades sociales son lo mismo que la inteligencia emocional?
No. La inteligencia emocional se refiere a la capacidad de reconocer, comprender y gestionar las emociones propias, así como de reconocer las de los demás. Las habilidades sociales tienen que ver con los recursos que utilizamos para relacionarnos y comunicarnos. Ambas están conectadas: reconocer y regular el propio enfado, por ejemplo, puede ayudar a expresar un desacuerdo sin agredir.